Los reclutan los criminales porque no supimos generarles oportunidades

 

Prefieren promocionarse boca a boca, reclutar en directo, sin intermediarios. Pero un anuncio suyo en los periódicos podría ser tan atractivo como éste:

 

“Si no estás en la escuela, si no tienes empleo ni capacitación para el trabajo, ven a trabajar a nuestra organización”.

 

“Te ofrecemos capacitación intensiva y en condiciones reales, horario flexible y posibilidades inmediatas de ascenso”.

 

“Condiciones inmejorable: buen sueldo, camioneta del año, viáticos, comida y bebidas a discreción, reparto abundante de utilidades”.

 

“Única desventaja: riesgo inminente de cárcel o panteón; pero se puede negociar”.

 

Suman miles y miles los jóvenes mexicanos que han aceptado tan desafiante  y lucrativo “empleo”, como sicarios, escoltas, narcovendedores, extorsionadores y secuestradores.

 

Y la crónica de sus crímenes y de su muerte los exhibe en una nómina donde víctimas y victimarios son tan jóvenes como los 16 años y “tan viejos”, como de treinta años.

 

Uno de esos muchachos enganchado por el crimen organizado le confesó al policía que lo capturó: “Sí, sabía que puede costar la vida o la libertad; pero preferible tres o cinco años en el “paraíso” que toda la vida en el infierno de la pobreza”.

 

Es una bofetada a una comunidad que no ha sabido incorporar a los más pobres a la vida productiva, a las comodidades mínimas de la ciudad.

 

No hay uno solo de esos casi niños mercenarios que no haya estado en la escuela primaria, quizá hasta en la secundaria. De seguro convivió en un barrio normal entre jovencitos llenos de ilusiones.

 

Es más, la misma sociedad les describe constantemente un concepto materialista del éxito: consiste en tener autos de lujo, paseos en la Riviera Maya, residencia en barrio acomodado y una fiesta continua acompañado de bellas mujeres.

 

La sociedad no puede cumplirles ese sueño a todos los jóvenes. Ni siquiera se organiza mejor para hacer que  todos los jóvenes al menos prosigan sus estudios o se capaciten para el empleo productivo.

 

Los deja vegetando en barrios lodosos, en el ocio de la droga barata y el pandillerismo.

 

En el país calculan que hay 8 millones de esos jóvenes a los que bautizan como “Ninis”; porque no tienen escuela, ni empleo ni capacitación.

 

Constituyen un mercado laboral ilimitado para el crimen organizado, que no pide mínimos educativos ni capacitación alguna. Simplemente los quiere bragados y sin escrúpulos, ya condicionados por la sociedad para ambicionar los bienes materiales y relegar los valores que le enseñaron en su familia.

 

El problema actual que sufre México, con el crimen organizado, con su dosis altísimas y cotidianas de ejecuciones, levantones, secuestros, extorsiones y venta de droga no se resuelve a balazos. Ya van 28 mil muertos y la violencia no decrece.

 

El frente de batalla para el gobierno y para la sociedad entera es rescatar de su ocio  improductivo, amargo, a esos 8 millones de mexicanos, que no aceptarían los riesgos de muerte y cárcel si tuvieran una ocupación rentable.

 

Hay que abrir oportunidades de educación media y superior, generar empleos, proponernos dar un marco de posibilidades, valores y afectos a estos hijos de la calle, los que ahora vegetan a la espera del matón seductor.

 

Pudiera ser un proyecto nacional para marcar la celebración del  Bicentenario de la Independencia de México. Para contar a las siguientes generaciones sobre la voluntad de una nación para rescatar  la esperanza y el futuro para sus pobladores más jóvenes.

 

Esa sería la verdadera Independencia de México: libres de la ignorancia, libres de la miseria, libres de los criminales que lucran con nuestros grupos más mal atendidos, más maltratados.

 

Más que un simple problema penal, que un asunto policíaco, el que describimos es un problema social. Demanda por tanto un enfoque social, plural. No es asunto sólo del gobierno. La solución empieza en la puerta de su casa. Basta con un vecino empeñado en  sacar a su patria del atolladero.