Nota del editor: El doctor David Solot es estudiante de Psicología Organizacional en Walden University, y tiene una maestría en Psicología Clínica. Su experiencia incluye el estudio de la sensibilidad y la percepción de los animales, y las respuestas condicionadas a la dulzura en los alimentos.

(CNN) — ¿Hay alguna comida que no te guste, y no puedes explicar por qué? ¿O tal vez un alimento que te enfermó una vez, y ahora no puedes ni acercarte a él? Podría ser el resultado de un mecanismo de supervivencia de millones de años de antigüedad.

Cuando tenía unos seis años, empecé a odiar la gelatina de cereza. No existía una razón aparente para ello. Me gustaba el Kool-Aid de cereza y los raspados de cereza, y me parecían bien los otros sabores de la gelatina. Pero la visión o el olor de la gelatina de cereza me daban náuseas al instante.

Mi reacción a ella era tan mala que mis padres solían decirle a la gente que era alérgico a ella, sólo para evitar mi reacción. No podía tocarla sin sentirme enfermo.

Tal vez usted siente lo mismo hacia los tomates crudos, el yogur o los huevos. Si hay un alimento que te hace sentir mal a la vista, lo más probable es que tu cerebro esté reproduciendo una conducta que ha sido transmitida durante millones de años. Se llama aversión gustativa, y es una de las reacciones condicionadas más fuertes en los seres humanos.

Así es como funciona la aversión gustativa: tú y tus amigos salen a tomar unas copas. Son jóvenes y alocados, y les encantan las bebidas con el fuerte sabor a coco del ron Malibú. Las cosas se salen un poco de control, y te pasas parte de la noche rezándole al dios de porcelana. Te recuperas, y la próxima semana sales a tomar de nuevo. El camarero te pasa tu bebida favorita, pero esta vez el olor a coco te da ganas de vomitar de inmediato. Te ha encantado el Malibú durante años, pero ahora, la sola idea de tomarlo te enferma.

Lo que estás experimentando es tu cerebro, que te protege de ser envenenado. Cuando éramos criaturas primitivas, no estábamos seguros de lo que era seguro comer así que probábamos las cosas.

Si sobrevivías a la experiencia, el cerebro tenía que asegurarse de que nunca comieras lo mismo otra vez. Por lo tanto, si comes algo que te hizo sentir mal, tu cerebro decide que “más vale prevenir que lamentar”, y te condiciona a sentirte enfermo cada vez que ves, hueles, o incluso piensas en esa comida.

La próxima vez que salías en busca de alimento y te encontrabas con una baya que te hizo sentir mal en el pasado, eras golpeado con una abrumadora sensación de náuseas y te ibas a comer algo más. Las personas que eran buenas en el desarrollo de aversiones gustativas vivieron y tuvieron hijos. Los que no eran buenos para desarrollarlas, en gran medida se envenenaron y murieron. A lo largo de los siglos, nuestra capacidad para formar aversiones gustativas se hizo cada vez más fuerte.

La razón de que tu noche de copas diera lugar a un odio contra el Malibú se debe a este mismo mecanismo de supervivencia. Cuando sentiste náuseas a las tres de la mañana, tu cerebro tuvo la sensación de que habías sido envenenado. Tu cerebro no sabía con certeza cuál era la causa, pero sí recordaba un sabor a coco muy fuerte esa noche.

Para protegerte, tu cerebro decidió que era mejor prevenir que lamentar, y supuso que el sabor a coco era el culpable. Para asegurarse de que no fueras envenenado en el futuro creó una respuesta condicionada para que el olor o el sabor de coco te hagan sentir mal.

Así es como las aversiones al sabor funcionan correctamente, que ya no quieras comer lo que te enfermó, pero puede ser más complicado que eso. Las aversiones gustativas pueden ser muy poderosas, y pueden durar años después de una sola mala experiencia.

Para confundir más las cosas, a veces las aversiones se forman en contra de los alimentos equivocados. Imagina que una mañana en el camino al trabajo te detienes por tu acostumbrada taza de café. Más tarde ese día, tus compañeros de trabajo salen a comer comida india. Nunca has probado esa comida, pero tienes ganas de algo nuevo. Comes delicioso y pruebas muchos alimentos nuevos. Sin embargo, alrededor de las tres de la tarde, comienzas a sentirte asqueado. Te pones peor y peor, y por la noche estás mal del estómago y no eres capaz de retener nada.

Tu cerebro siente que ha sido envenenado. De nuevo, no está seguro de cuál fue la causa, pero sí recuerda muchas especias y sabores fuertes que nunca habías probado antes. Para asegurarse de que no te envenenes en el futuro, tu cerebro decide que más vale prevenir que lamentar, y te condiciona para que te sientas enfermo en cualquier momento en que huelas, pruebas o incluso pienses en comida india.

El problema es que resulta que no había nada malo con la comida india, sino que fue la crema en tu café de la mañana la que estaba echada a perder. “De ninguna manera”, dice tu cerebro, “hemos bebido ese café todos los días durante un año. Sabemos que es seguro. Tienen que ser esos alimentos raros y nuevos que comimos”.

Este tipo de cosas nos suceden todo el tiempo, la mayoría de las veces las desconocemos. ¿Alguna vez has tenido un resfriado realmente fuerte y decidiste hacerte sentir mejor al comer tu comida favorita? Podrías darte cuenta, unos días después, de que te ha dejado de gustar tu comida favorita. Esa es la aversión gustativa en acción. Tu cerebro asume que la enfermedad fue causada por la comida, y te está enseñando a que no te guste esa comida nunca más.

Este efecto es tan fuerte que a las personas que reciben quimioterapia (que puede causar náusea severa) se les advierte que eviten sus alimentos favoritos. Podrías pensar que te estás reconfortando, pero lo que realmente estás haciendo es enseñar a tu cerebro que “Tu comida favorita = sentirse mal”.

Afortunadamente, nuestras mentes conscientes son en su mayoría capaces de superar este efecto. La clave es reconocer lo que está sucediendo y pensar en la razón de la reacción.

Recordar de manera consciente que lo que estás a punto de comer no es venenoso puede ayudarte a interrumpir el mecanismo automático de supervivencia. Con la práctica, puedes encontrar que eres capaz de comer los alimentos que solías odiar. Puede que incluso te comiencen a gustar de nuevo.

La clave es ir poco a poco, y exponerte a la comida en un ambiente positivo. Enseña a tu cerebro que no hay conexión entre los alimentos y sentirse mal.

En cuanto a mi aversión a la gelatina de cereza, me acordé de que en el jardín de niños me sirvieron gelatina de cereza con crema batida a temperatura ambiente, todo revuelto. Me enfermé del estómago, y fue entonces cuando empecé a odiarla. Al pensar en la causa de mi reacción, fui capaz de enseñarme a mí mismo a disfrutar de la gelatina de cereza de nuevo. Pero si pongo crema batida sobre ella, todavía se me revuelve el estómago. ¡Un millón de años de evolución son difíciles de superar!

¿Hay un alimento que no puedas comer porque te hizo enfermar? Compártelo en los comentarios.