“Hasta que la muerte nos separe”. El día de mi boda no diré esa frase.

No es que no lo quiera lograr —lo quiero— solo que si a dos personas les dicen que no pueden salirse, ¿cómo sabrán que la otra persona realmente quiere quedarse?
El matrimonio es bastante difícil sin que el fantasma de la muerte sea la única salida que pende sobre nuestras cabezas.
Para mí, solo es otra táctica de fuego y azufre que se transmite de generación en generación para que las personas acaten las reglas. O les dan el consuelo de que una vez que se besan siempre estarán ahí para el otro.
Pero el matrimonio es mucho más difícil que eso y algunas veces las cosas no funcionan. Reconocerlo no amenaza la relación, solo significa que prestas atención.
Y en un país con una saludable tasa de divorcios y de acuerdos prematrimoniales —que son los planes B esenciales antes de que la tinta del plan A se seque— creo que se puede asumir que hay muchos ejemplos de las cosas que no funcionan a las que debemos prestar atención.
Esta es una de las áreas donde la iglesia evangélica necesita crecer más, aprender a servir a una sociedad a la que ya no puede espantar. La difusión del miedo fue socavada por la hipocresía, y las generaciones más jóvenes ahora se encuentran en la envidiable posición de unirse y permanecer casados porque quieren y no por temor a no hacerlo.
En un estudio reciente de Pew se encontró que el número de estadounidenses mayores de 18 años que se casan bajó del 72% en 1960 al 57% en el año 2000 y al 51% en la actualidad.
Combina eso con el declive en las tasas de divorcios —las personas se casan más grandes y siete de cada 10 personas del nuevo milenio dicen que está bien tener relaciones sexuales antes del matrimonio (de acuerdo con el Public Religion Research Institute)— y tienes una generación que superó completamente el hecho de que su vida sexual la maneje gente con la que no tiene sexo.
Ahora, algunos conservadores religiosos podrían considerar esto como una tormenta perfecta del humanismo y proclamar que el mismo tejido de la sociedad se está desgastando. Necesitan decir estas cosas porque, bueno, este nuevo poder adquirido amenaza un modelo de negocio que se basa en el miedo.
Pero la asistencia a la iglesia no está en declive desde la década de 1970 porque las personas vivan juntas. Se debe a que la Iglesia —en su conjunto— se estancó, mientras la sociedad se basa en una continua evolución.
Combina eso con la desconexión entre cómo nos dicen que vivamos nuestras vidas y las vidas que llevan los que lo dicen y puedes ver por qué como país, Estados Unidos es menos religioso.
En algún momento, los líderes de la Iglesia deberán darse cuenta de cómo servir a una congregación que ya no espera para tener sexo y que no teme decirlo. No se avergüenza de decirlo. Va a ser difícil, pero necesario si quieren seguir siendo relevantes.
No es que las personas se enamoren menos; el salto del 13% en un año en el número de parejas que no se casan pero que viven juntas es un indicio.
¿Entonces qué es lo que planea hacer la Iglesia cuando la amenaza del infierno ya no funcione?
Cuando las personas cambian el “hasta que la muerte nos separe” por “¿te quieres mudar conmigo?”, se puede sentir menos piadoso, menos seguro y menos concreto pero al final es más tangible porque se basa en el aquí y en el ahora, y no en un futuro que podría llegar o tal vez no.
Nadie, quizá con la excepción de Kim Kardashian, ingresa al matrimonio con la intención de divorciarse. Ahora las personas entran en una relación sin la intención de casarse, y su relación no es menos válida, su amor no es menos real, su futuro no es menos seguro.
La Iglesia tiene que encontrar la forma de hablar sobre las relaciones y el matrimonio de manera actual, sin todas esas amenazas o corren el riesgo de quedarse atrás.
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