Si se usa el blanco para el día, el negro para la noche, o está de moda el lavanda, parece que poco importará en el futuro. Las nuevas telas, camaleónicas, se pueden adaptar a las necesidades de la dama y del caballero. Y hasta a las del bebé, que puede tener un conjuntito con sensores para evitar la muerte súbita. Todo es parte de la ropa inteligente, que llegó para quedarse.

Son modelitos que hasta hace unos años eran dibujos atractivos en carpetas desbordantes de proyectos. O anuncios futuristas que hacían pensar hacia dónde va la ciencia. Hoy son una realidad y están, además, más cerca del placard.

Ayudados en parte por la revolución que se produjo en el terreno de los nuevos materiales (desarrollo de aleaciones impensadas y el aporte de la nanotecnología, disciplina que hace todo cada vez más microscópico, prácticamente invisible), estas prendas que algunos llaman biométricas y que un argentino vivo y criollo podría identificar como “tecnopilchas”, ya se fabrican en serie.

Existen, en el mundo, por lo menos 10 empresas dedicadas a desarrollarlas y a distribuirlas. La mayoría está instalada en Europa. ¿Cuándo empezó esta movida? En 1997 se realizaron los primeros encuentros internacionales para exponer los avances y sus proyecciones. Se hablaba de camperas con computadoras para poder navegar y recibir e-mails mientras uno, por ejemplo, iba caminando. Y se mencionaba además unos zapatos computarizados (tal vez inspirados en el zapatófono del Agente 86) que a través de un apretón de manos entre usuarios de ese calzado transmitían información.

Sonaba a demasiado pero, paso a paso, algunas de las ideas dejaron los laboratorios para incorporarse a la agenda de producción de compañías incipientes. Reima, Clothing+, Verhaert, Sensatex y Biosteel son algunas de ellas. Las pioneras y las más firmes en el nuevo mercado. En América latina también hay un representante de esa ropa con valor agregado. Es Miguel Caballero, un empresario audaz que hace 14 años empezó tímidamente a fabricar chalecos de vestir, pero blindados. Ahora, con este oportuno avance en nuevos materiales, lanzó su colección de ropa blindada hecha con telas livianas.

Son prendas que pesan alrededor de 1,2 kilo. Una de las más pesadas es un chaleco de 4,8 kilos. Todo sea por el blindaje, que protege de balas de distintos calibres, 22 a 9 milímetros, y hasta de posible descargas de subfusiles Uzi. En la presentación que hizo en la convención Intermoda, en México, hace unos días, mostró tres líneas, la clásica, oro y VIP, con precios que van desde los 290 a los 2.900 dólares.

La nueva ropa puede cambiar de color, como el Traje Camaleónico para soldados o como los tapados presentados en el festival IFashion; medir el ritmo cardíaco y la presión arterial a través de microsensores; y, en el caso de los bebés, tiene una misión valio sa: salvarlos de la muerte súbita. El conjuntito se llama Mamagoose, un pijama que comercializa la firma europea Verhaert. Pero no hace falta irse tan lejos para encontrarlas. Las nuevas camisetas y zapatillas de alta competición también son inteligentes: tienen un control de humedad y temperatura que antes no existía. Sólo les falta gritar el gol.