Agatha Christie tenía un miedo permanente a ser entrevistada y a aparecer en público. Y el gran escritor argentino Jorge Luis Borges era un tímido consumado que hasta los 42 años mandaba a su amigo Oliverio Girondo a leer sus discursos. Tímidos eran también Albert Einstein, Abraham Lincoln, el inventor Orville Wright o el escritor Raymond Carver.

Ahora un equipo de científicos ha demostrado que los tímidos perciben el mundo de una manera diferente y muestran una actividad cerebral más intensa ante ciertos estímulos. Investigadores de la Universidad Stony Brook de Nueva York, de la Universidad del Sudeste y de la Academia China de Ciencias seleccionaron a 16 personas y les pidieron que confrontaran dos retratos similares para observar los detalles.

Mientras tanto, examinaron sus cerebros usando Resonancia Magnética Funcional. Los tímidos pasaron más tiempo observando las imágenes y “mostraron una actividad elevada en las áreas cerebrales que se ocupan de asociar percepciones visuales y sensoriales”. En definitiva, “su cerebro no sólo se ocupó de la percepción visual, sino que se activó para una elaboración más profunda de la información”, explicaron los investigadores, que han dado a conocer sus resultados en la revista Social Cognitive and Affective Neuroscience.

Según concluyen, el cerebro de las personas tímidas percibe el mundo exterior de distinta manera gracias a la “Sensibilidad para la Percepción Sensorial” (SPS). Este rasgo se caracteriza por la sensibilidad a estímulos internos y externos, incluyendo los sociales y los emocionales, e implica una predisposición a la timidez que podría afectar al 6% de la población mundial. Este tipo de sujetos, añaden los autores del estudio, necesita más tiempo para observar y reflexionar antes de actuar. Y normalmente les molestan el ruido y las multitudes más que a la media, son más sensibles a la cafeína y se sobresaltan con mucha facilidad, todos ellos efectos colaterales de su tendencia innata a prestar más atención a los detalles.